Volvimos juntos, Clau y yo, por primera vez desde el 2006, y no vimos mucho cambio. Encontramos lo que dejamos atrás, las calles rotas, sucias, desorden, caos social, mala onda general, etc. Todo igual, menos nosotros, que ahora estamos acostumbramos a una ciudad limpia y ordenada; a la seguridad y a la gente con cara de contenta. El primer día que fuimos al centro encontramos algo lindo y bien mantenido, el área de atrás de Puerto Madero, unos edificios nuevos y el paseo que rodea la reserva ecológica. Es una zona realmente linda, donde disfrutamos haciendo de turistas, sacando fotos y comiendo en los míticos carritos de la costanera. Claro que después de 2 horas de paseo, había que ir al baño, pero… a cuál baño? No hay un baño público ni aunque te mueras. Años de argentinidad nos guiaron al Hilton, fuimos al baño, y al salir del hotel, saludamos al bell-boy, sin habernos puesto de acuerdo, con un –Bonjour! al unísono.
Nos gustó mucho reencontrar a nuestros amigos, a la familia, y en mi caso, reencontrar el canto de la calandria, el “olor de Vicente López”, esa mezcla de verano, de árbol paraíso y de jardines recién regados; los bondis, tan prácticos e inseguros, el subte, caótico y lleno de vendedores de curitas, chocolates vencidos, lapiceras y de artistas emergentes que se aplauden a sí mismos ante la indiferencia de los pasajeros esclavizados por el celular (algunos tiene más de un celular!!!!!).
Me encantó volver a comer cosas ricas, pizza a toda hora, ir a Freddo, a la recova de Belgrano, comer Havanas, lengüetazos de ananás (ahora hay de otros gustos!!) y sobre todo, saber que estar ahí era temporario, que mi hogar permanecía a 9010 km (según distancity.com), en mi tranquilo pueblito de 150 mil habitantes.
Además me mató me aniquiló me aplastó me evaporó el calor, qué calor loco! cómo hacen, pero cómo hacen????


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